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Hablemos de calidad

Transformación productiva, innovación y calidad

Julio Santana Por: Julio Santana 0 Compartir 28 de noviembre, 2019

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Vemos con buenos ojos las señales emitidas durante este año por la AIRD y el Conep en lo que respecta al cambio de rumbo del modelo económico vigente y el énfasis en la innovación.

El primer asunto es complejo y de largo plazo, siempre que estemos hablando de la priorización del conocimiento, la incorporación de nuevas tecnologías y la calificación masiva de la mano de obra. El segundo, el tema de la innovación, es consustancial al primero: disertar sobre el cambio de rumbo sin hacer mención de la innovación, equivaldría a un giro discursivo inteligente y adaptativo, pero indudablemente improductivo para la nación.

Esto así porque “adecuar el modelo de desarrollo económico y social a los tiempos actuales de cara al futuro”, no puede significar otra cosa que apostar a la conquista de la competitividad auténtica: la que permite una mayor inserción en los mercados internacionales de productos con elevado contenido tecnológico y significativo valor agregado local.

Sobra decir que en los tiempos actuales este objetivo está indisolublemente asociado a una mayor inversión en investigación y desarrollo (I&D), bajo la premisa de una fuerte y medible vinculación de ésta con el sector productivo. Es la única vía para transformar y complejizar la matriz productiva, condición necesaria para promover un crecimiento económico sostenible y con equidad.

Dicho en otras palabras: la verdadera sostenibilidad del crecimiento económico en su acepción moderna implica necesariamente la investigación aplicada, la innovación y la incorporación de nuevos conocimientos y de la tecnología de vanguardia a los procesos productivos; luego, todo lo demás, como “las políticas fiscales, monetarias y financieras favorables”, son condiciones complementarias -indudablemente imprescindibles-, siempre que entendamos lo de “favorables” como un beneficio macroeconómico sistémico.

No obstante, el mismo hecho de que se esté hablando de “la innovación como herramienta catalizadora para la ganancia de productividad” es un gran paso de avance. Para una cosa y la otra -transformación del modelo productivo y apuesta a la innovación- deberíamos estar pensando en la realización de un diagnóstico exhaustivo de tercera parte independiente de la realidad productiva, académica e institucional actual, sin omitir bajo ningún concepto la realidad del llamado Sistema Nacional de Innovación y Desarrollo Tecnológico (SNIDT) y sus consabidos contrafuertes previstos en el Decreto 190-07 que lo crea.

Seguiremos insistiendo en que, antes de hablar de innovación o de iniciativas para promover la innovación, debe replantearse el tema del sistema nacional de innovación. Cuando hablamos de este sistema nos referimos “a la red de entidades formales e informales donde las interacciones y relaciones dependen de diversos factores, por ejemplo, valores culturales, costumbres históricas o la confianza entre agentes económicos, que varían entre distintas sociedades” (Cepal, GIZ, PTB, 2009).

La creación de esa red pasa necesariamente por la construcción paciente y sostenida de un ambiente o escenario propicio a la innovación, además de la promoción paralela en la sociedad de una verdadera cultura de la innovación.
Ignoramos las razones por la que el SNIDT permanece al margen del renovado “discurso correctivo” de la nomenclatura empresarial del país. Tampoco logramos comprender las razones por las que los empresarios dejan fuera de ese discurso a la infraestructura de la calidad (Sidocal).

En relación con este último elemento, ¿será que es posible transformar las innovaciones en procesos y productos replicables sin mediciones confiables, estandarización y ensayos de laboratorio? ¿Cómo traducir correctamente la información acerca de las preferencias de los clientes internacionales transmitida en documentos estándares sin trazabilidad de los patrones nacionales de medición a una referencia común? Sin duda alguna, estos cruciales asuntos tienen que ver con lo que en este país hemos convenido en llamar Sistema Dominicano para la Calidad.

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