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La herida que tardó 15 años en sanar

Redacción elDinero Por: Redacción elDinero Santo Domingo 0 Compartir 13 de octubre, 2019

Por David Corcino Paulino

2003 fue todo, excepto un año sólido. Los supermercados fueron bautizados “la casa del terror”, el país adoptó la barrera psicológica del 50 por 1, los precios estaban por los cielos y la lista sigue. 2003 pasará a los libros como el año en el que, luego de tiempo cocinándose, se desata la crisis financiera más aguda de nuestra historia. Más allá de exponer qué lo ocasionó, o de señalar con el dedo responsables, este artículo
presenta la recuperación del país desde el ángulo social, destacando 2 vulnerabilidades relevantes en esta dimensión.

Lo único peor a una crisis, es una crisis extendida, pues lo que en principio debería ser una lesión temporal al aparato productivo, se convierte en una cicatriz. Un área en la que estas cicatrices se manifiestan es en el mercado laboral, ya que estar inactivo por largos períodos de tiempo reduce cuanta experiencia y habilidades obtendrá un individuo durante su limitada vida útil en la fuerza laboral. Una vez deteriorada, la oferta laboral reduce la posibilidad de que una empresa encuentre empleados que encajen con sus requerimientos; resultando en menor empleo y producción.

¿Fue este el caso dominicano? Analicemos usando los indicadores tradicionales (producto interno bruto (PIB) y desempleo).

En primer lugar, el PIB dominicano no muestra quiebre estructural significativo para sorpresa de muchos. No solo eso, sino que luego de recuperarse, el PIB despega con mucho más ímpetu. La remontada de la economía dominicana es la excepción y la crisis mexicana del 1994 es la regla, pues nosotros nos colocamos en una trayectoria superior a la anterior de la crisis, mientras México todavía no ha logrado reubicarse en su trayectoria de hace más de 20 años. La otra lesión que debería observarse es una perturbación significativa en el nivel de desempleo. No obstante, la tasa de desempleo abierta no solo muestra resiliencia frente a la crisis, sino que se reduce en los años siguientes y parece haber sido más sensible a la recesión global del 2009 que al colapso doméstico de 2003.
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Juzgando por el desempeño en estos datos, pareciera que República Dominicana se recuperó relativamente rápido desde la perspectiva macroeconómica. Sin embargo, no todo resultó ileso…

Los salarios reales promedio, aquellos que incorporan el deterioro por inflación, narran una historia muy divorciada de la que dicen los indicadores anteriores. El problema no fue que los salarios cayeron en un alarmante 20% el año del colapso, el problema fue que tardaron 15 años en recuperar su poder adquisitivo. Fue en los salarios reales donde se escondió la herida que inició con el colapso bancario y que sanó en 2018.

Esto suena mal, pero, de manera concreta ¿Cuál es el problema con recibir salarios menores por 15 años consecutivos? De las tantas razones que habrá, hay al menos dos evidentes.
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En primer lugar, acompañando a los salarios reales en su estancamiento por más de una década, estuvo la pobreza. La composición de riqueza varía por estrato social, pues los salarios son más importantes en la totalidad de riqueza de estratos pobres que en la de los ricos, ya que estos últimos tienden a tener activos financieros, empresas, propiedades etc. En efecto, no sorprende que mientras los salarios se mantuvieron debajo de los niveles precrisis, la pobreza se mantuvo arriba de los mismos.

En particular, la pobreza monetaria del 2002 era 32%, alcanzó su nivel más alto en 2004 cuando 1 de cada 2 dominicanos era pobre, y se recuperó en el 2015 bajando a 31%. Si los salarios son el puente que conecta a los pobres con el crecimiento económico, el estancamiento de los salarios impide que se cruce del lado de condiciones desfavorables al lado de mayor prosperidad. Esta desconexión además de servir de lección debe servir de recordatorio: el PIB es el medio y el bienestar general es el fin.
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En segundo lugar, está la incidencia en los niveles de crimen. Si se piensa que una condición de seguridad ciudadana en equilibrio es aquella donde es más probable obtener mayores ingresos trabajando que delinquiendo (contando el riesgo de ser atrapado), el desplome de los salarios atenta contra ese equilibrio.

El gráfico debajo sugiere que la realidad dominicana encaja en esta historia. Al desplome de salarios e incremento de pobreza, se sumó un nivel de crimen persistentemente superior al previo de la crisis. Entre 2000-2002 hubo 14 homicidios por cada 1,000 dominicanos en promedio y ascendió a 21 homicidios el año de la crisis, alcanzando su mayor nivel en 2005 con 26 homicidios y promediando 22 en el período 2004-2016. Esto sucedió en sincronización con un aumento de desalentados en el mercado laboral (aquellos que están en condiciones de trabajar, pero decidieron no buscar trabajo), sugiriendo que parte de esas personas recurrieron a actividades ilícitas como oficio. Nuevamente, el tema no es solo que incrementó, sino que se ha mantenido por encima por más de una década. 2003 marca el fin de aquellos tiempos en los que nuestros padres caminaban de noche por la ciudad sin temor a nada.

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Inferir que el crecimiento de la economía vino a expensas de una dinámica salarial más saludable requiere de un análisis más riguroso, pero no se puede evitar pensar que la depresión de salarios absorbió parte del choque de la crisis e influyó en la pronta recuperación del PIB. 15 años después hay lecciones claras que nos dejó la crisis. Se debe ampliar el lente con el que analizamos estos eventos para además de observar dinámicas macroeconómicas, incorporar otras dimensiones que, aunque teóricamente estén atadas al desempeño económico del país, no siempre mejoran juntas. Por último, la lección más importante es aquella de cicatrices; las distorsiones que se mantienen latentes en el sistema aun luego de haber saneado lo que provocó el problema.

El hecho de que una niña se levante cuando se cae de su bicicleta, no significa que no se lastimó. Asimismo, el hecho de que luego de revisarla la veamos caminarsin dificultades, no significa que no haya una herida que escapó nuestra vista y que al no ser atendida se haya convertido en una cicatriz. Ver la economía recuperarse es alentador, pero no quiere decir que estemos exentos de asegurarnos que el país se haya recuperado en otras dimensiones de igual relevancia.

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