Periódico elDinero

Hablemos de calidad

Sistema dominicano para la calidad e innovación

Julio Santana Por: Julio Santana Santo Domingo 0 Compartir 15 de agosto, 2019

Como hemos explicado en otras entregas, la clave para alcanzar la competitividad auténtica de la economía nacional es el fortalecimiento del Sistema Nacional de Innovación y Desarrollo Tecnológico (SNIDT), que ya sabemos que es una red de actores e instituciones que interactúan con el objetivo supremo de apoyar, organizar e incentivar la producción de conocimientos útiles para la economía y la sociedad.

Es la única forma de enfrentar exitosamente los diferentes desafíos procedentes del mundo globalizado. Obviamente, debemos antes auscultar el potencial económico interno y enfrentar decididamente ciertas anomalías estructurales que siguen persistiendo en su tozudez subdesarrollista. Frente a estas anomalías, la adopción de la tonta estrategia del avestruz solo contribuye a que nuestras fuerzas productivas sigan subutilizadas en un doloroso escenario de pobreza e ignorancia.

Hace algunos años, un grupo de técnicos logró el establecimiento formal del Sistema Dominicano par la Calidad (Sidocal). Aunque todavía no se quiere aceptar, este sistema brinda a la competitividad dinámica algunas funciones -normalización, metrología y acreditación- que más que importantes, pueden calificarse como decisivamente imprescindibles. De este modo, cuanto mejor sea el sistema nacional de innovación, mayor y más efectiva y significativa será la contribución de la calidad -en su acepción integral- a la creación de nuevos sistemas, procesos y productos.

El Sistema Nacional de la Calidad contribuye a que las empresas participen en actividades de mayor valor, desarrollen bienes transables competitivos y adopten prácticas empresariales que son las únicas capaces de desbrozar el camino hacia las grandes cadenas de valor y mercados globales.

¿Cómo nuestro olvidado SNIDT podría ofrecer nuevas competencias ante la integración productiva y tecnológica mundial? ¿Cómo podría atender los requerimientos de consumidores cada vez más preocupados por su salud y la protección ambiental en general? ¿No deberíamos mirar más de cerca al Sidocal tomando en cuenta que hoy el 80% del comercio global está afectado por normas y reglamentaciones? ¿No aminoraría esa renovada mirada la carga actual del cumplimiento de los requisitos técnicos y de realización de ensayos que actualmente oscila entre el 2% y el 10% del costo total de la producción? ¿No son estos datos suficientes para priorizar políticamente el Sidocal?

El Sidocal, con el apoyo político y empresarial, conducido por técnicos a carta cabal y no por advenedizos de la política, está llamado a ser un factor decisivo en el diseño de los productos y procesos, en la selección de los insumos y en la garantía de mediciones trazables. Las mediciones confiables, insistimos, permiten cumplir adecuadamente con los documentos estándares y satisfacer las características esperadas de los productos, salvaguardando al mismo tiempo los intereses de los consumidores y usuarios locales.

Dobles y triples procesos de evaluación de la conformidad y la ausencia del reconocimiento mutuo, así como la generación de controversias comerciales, pueden hacer realmente la intención de competir sencillamente prohibitiva. Para evitar ese camino, que es el que transitamos actualmente, la infraestructura de la calidad debe asegurar el análisis fidedigno del cumplimiento de los requisitos técnicos de calidad, seguridad, inocuidad e interoperabilidad de los productos, así como la correcta calibración de los instrumentos de medición.

El vuelco a la innovación, por tanto, sugiere revisualizar el Sidocal como formidable herramienta de apoyo a la innovación a través de la oferta de servicios técnicos reconocidos. Sin duda, ello supone revalidar y fortalecer el mayor centro de demanda de esos servicios en una economía competitiva: el Sistema Nacional de Innovación y Desarrollo Tecnológico.

Debemos saber que la existencia del Sidocal cuesta actualmente a los contribuyentes unos 100 millones de pesos anuales y que más del 70% de ese monto se destina a gastos corrientes. Separemos la política y el clientelismo de los asuntos técnicos de los que depende en alto grado el futuro económico de República Dominicana.

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