Periódico elDinero

Hablemos de calidad

Innovación, investigación y desarrollo sin… calidad (3 de 4)

Julio Santana Por: Julio Santana 0 Compartir 11 de julio, 2019

Nuestra columna hace especial énfasis en la importancia de la calidad para las organizaciones. El Sistema Nacional de Innovación y Desarrollo Tecnológico (SNIDT), creado mediante el Decreto 190-07, representa una excelente oportunidad para hablar de calidad con un mayor nivel de profundidad.

Este sistema nos ofrece la oportunidad de relacionar la calidad en su acepción sistémica con los elementos que realmente definen la substancia del SNIDT: la innovación y los procesos de investigación y desarrollo, el emprendedurismo asociado a nuevas alternativas de producción o comercialización, y las estrategias correctas para comenzar a subir por los escabrosos peldaños de la economía del conocimiento.

Antes de abordar los relacionamientos calidad-innovación y, en general, calidad-competitividad, digamos unas palabras sobre una cierta negativa cultura bastante arraigada en los niveles político y empresarial. Se trata de la insana y recurrente propensión de anunciar como “nuevas” las propuestas viejas.

Por ejemplo, los considerandos del mencionado decreto de 2007 que crea el SNIDT resumen las motivaciones del discurso empresarial de estos días sobre la determinación de alcanzar una economía competitiva sobre bases dinámicas.

Veamos: “la nueva economía global se caracteriza por la transición de la era industrial a la era del conocimiento”; para que podamos jugar en las grandes ligas de los mercados globales debemos alcanzar un “desarrollo competitivo sistémico”; el gobierno asume el compromiso-dentro del PNCS (engavetado)- “de fortalecer la cultura de la innovación” para facilitar el tránsito a una economía del conocimiento”; “la innovación es la fuente de la competitividad sustentable”, entre otros enunciados decisivos del documento.

Si estos son los mismos planteamientos base del discurso actual, ¿por qué no mencionamos el SNIDT en la arenga sobre cambio del modelo económico propuesto valientemente por una fracción de la AIRD?

Resulta muy extraña esta omisión, especialmente cuando conocemos el objetivo de este sistema (Art. 1): “…articular de manera funcional la red de instituciones (académicas, públicas, privadas e internacionales), y las políticas públicas para fomentar la innovación y el desarrollo tecnológico aplicado, a fin de elevar las capacidades competitivas de los sectores estratégicos y clúster potenciales de República Dominicana, impulsando la integración de sus cadenas de valor, desde la innovación hasta la producción y comercialización”.

La realidad es que, si en verdad tenemos la determinación de impulsar los procesos de innovación, lo expuesto como objetivo principal del SNIDT es el único camino correcto (véanse Mazzucato 2014, MESCyT-Guzmán, Rolando 2007, Freeman 1995, Lundvall 1992).

Como ya hemos señalado, el decreto establece el Consejo para la Innovación y Desarrollo Tecnológico (CIDT) con una misión muy concreta desplegada en trece funciones importantes que van desde la creación del marco legal general necesario para el funcionamiento del sistema, la definición y formulación del marco jurídico de sus pilares -Instituto de Innovación y Desarrollo Tecnológico, red de incubadoras y parques tecnológicos- hasta la creación del Fondo de Financiamiento a la Innovación y Desarrollo Tecnológico (FFIDT), incluida la definición de sus programas de apoyo a emprendedores.

Todo lo dicho no significa más que lo siguiente: una economía competitiva se construye con la ayuda de un SNIDT funcional, no con declaraciones coyunturales sobre innovación, investigación y desarrollo, o estrategias aisladas de “captura” de tecnologías existentes y alianzas público-privada, o apuestas unilaterales al “emprendedurismo” incierto de las Pymes.

Un elemento crucial, diríamos que imprescindible, de un sistema nacional de innovación eficiente es la infraestructura nacional de la calidad (en nuestro caso Sidocal). La innovación en productos y servicios, procesos, distribución, organización y marketing no son posibles sin mediciones, estándares y certificaciones expedidas por tercera parte independiente y acreditada.

Por tanto, se requiere una orientación más directa del gobierno para desarrollar y difundir la IC, si es que deseamos que ella contribuya a la innovación y a la consolidación de un modelo de economía competitiva. Es determinante en todo ello el concurso del sector empresarial, sus apoyos, participación, apertura y comprensión de que sin la IC su capacidad competitiva seguirá siendo espuria, estática y de horizontes brumosos.

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