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Es la política, estúpido

Melvin Peña J. Por: Melvin Peña J. 0 Compartir 14 de agosto, 2017

La prosperidad de las naciones no depende de la educación de sus ciudadanos, ni de sus recursos naturales, ni de las capacidades de sus políticos, ni de la cultura de su gente. Depende de la fortaleza de las instituciones políticas y de que éstas sean pluralistas e inclusivas.

La arriesgada teoría es de los economistas Daron Acemoglu y James Robinson, planteadas en el robusto libro “Por qué fracasan las países” (2012), que tiene por subtítulo “Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza”.

Durante 15 años, Acemoglu, profesor del MIT, y Robinson, profesor de Harvard, se dedicaron a estudiar la historia, la política y la economía de las naciones más representativas de la prosperidad y de la pobreza en los cinco continentes. Sus aprendizajes han sido planteados en el citado libro, que ha sido proyectado por George Akerlof, Premio Nobel de Economía 2001, como un clásico imperecedero, similar a “La riqueza de las naciones”, de Adam Smith.

Las naciones que han cambiado el rumbo, desde la pobreza hacía la prosperidad, lo han logrado porque han transformado sus instituciones. Con toda la riqueza natural y cultural de Argentina, establecen los autores, ha sido un país que en los últimos decenios ha ido de desastre en desastre, donde el propio gobierno ha saqueado sin empacho los ahorros de los ciudadanos, como ocurrió con el corralito de Menen.

La razón de la errática trayectoria de Argentina, de su hiperinflación y de la inestabilidad política que le caracterizó hasta la llegada de los Kirchner al poder, ha sido la ausencia de instituciones inclusivas. Instituciones fuertes, que limiten los excesos de los políticos y aseguren garantías a los ciudadanos; instituciones pluralistas, que garanticen la distribución del poder y el contrapeso en la política y en la economía.

Con la falta de educación y la riqueza del subsuelo comunes a varios países de África, Botsuana se ha convertido desde la segunda mitad de los sesenta en uno de los países con una mayor tasa de crecimiento económico en el mundo. En 2010, presentaba una tasa de crecimiento promedio anual de un 9%, con un PIB per cápita de alrededor de US$14,800. En cambio, Zimbabue, que limita al oeste con Botsuana, ha ido evolucionando desde una inflación de 20% en 1985, cuando empezó a implementar las recetas económicas del FMI, a una inflación de 230 millones por ciento en 2008.

En Zimbabue, como en Argentina, la economía no se restauró ni siquiera siguiendo las recetas de los organismos internacionales, porque la política no cambió.

Mientras el libertador y primer presidente de Botsuana, Seretse Khama, propició la creación de instituciones políticas fuertes, multipartidistas e inclusivas, el otrora revolucionario Robert Mugabe, presidente de Zimbabue desde 1987, se convirtió en un dictador que afianzó en ese país las instituciones políticas débiles, unipartidistas y extractivas, así denominadas porque extraen recursos de las mayorías para beneficio de la élite gobernante.

Quizás el ejemplo más revelador que respalda la teoría de Acemoglu y Robinson es el territorio de Nogales, compartido por México y Estados Unidos. Nogales (Sonora) pertenece a México y Nogales (Arizona) pertenece a Estados Unidos. Separadas por la frontera de ambos países, comparten no solo el nombre, sino también la historia, los recursos naturales, el clima y la cultura, pero la Nogales del norte es próspera y la del sur es pobre.

En el lado sur, en México, las instituciones son débiles y extractivas, mientras que en el lado norte de Nogales, en Estados Unidos, las instituciones son fuertes e inclusivas.

Acemoglu y Robinson hacen un recorrido por la historia de cada uno de los casos que citan para explicar la conformación y reproducción de las instituciones fuertes e inclusivas o débiles y extractivas, y cómo se retroalimentan en cada caso las instituciones políticas y económicas para potenciar un circulo virtuoso de prosperidad e igualdad de oportunidades o un círculo vicioso de pobreza e inequidad.

Los autores establecen que, si bien la prosperidad y la pobreza tienen razones históricas, no cabe en ellas el determinismo histórico. En situaciones críticas, las naciones que han cambiando el rumbo, desde la pobreza hacia la prosperidad, lo han logrado porque han transformado sus instituciones.

“Es el proceso político lo que determina bajo qué instituciones se vivirá y son las instituciones políticas las que determinan cómo funciona este proceso”, escriben Acemoglu y Robinson. “Son la política y las instituciones políticas las que determinan las instituciones económicas que tiene un país”.

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