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Gente y finanzas

“¿Ojalá que llueva café en el campo?”

Raúl Baltar Por: Raúl Baltar 0 Compartir 29 de agosto, 2016

Supongo que todos compartimos que la formación es fundamental para el desarrollo de las personas en cualquier ámbito de la vida. El plano profesional no es una excepción, de manera que todos nos planteamos solicitar formación en nuestras empresas. Cursos, talleres y seminarios. Horas y horas de formación que normalmente se trasladan a algún tipo de indicador que suele decir poco como medida útil para el desarrollo profesional de los trabajadores de una empresa.

Comencé mi carrera profesional en Arthur Andersen y fui beneficiario de un sistema de formación bastante interesante. Ser promocionado a una posición de mayor responsabilidad incluía, obligatoriamente, un programa de cursos que ocupaba varias semanas del año. Esos programas estaban diseñados de forma específica para cubrir las brechas que teníamos para el desarrollo de las nuevas funciones que asumiríamos. Sin ellos no había promoción.

En aquel momento, hace ya bastantes años, asumía esta metodología como fundamental. Con el tiempo he descubierto que una buena parte de la responsabilidad de formarse está en uno mismo. Hoy disponemos de todo tipo de informaciones interesantes que nos ayudan a acercarnos a nuestro propósito profesional. Internet se ha encargado de crear esa posibilidad desde hace 25 años a nuestros días. Sin duda, una verdadera revolución. Si quieres, puedes. Ahí está la formación disponible para todos.

Y la curiosidad, aliada esencial en estos tiempos de tanta accesibilidad a información, siempre será un elemento clave en los procesos de formación. Precisamente la curiosidad hizo que recientemente leyera un reportaje acerca de la llamada “zona de la muerte”. Aquellos que tienen como afición la escalada y el montañismo seguro que saben de que hablo. A partir de los 8,000 metros de altitud (el Everest tiene 8.848 metros), el cuerpo comienza a morir poco a poco. Tal es el proceso degenerativo que en 48 horas hay que salir de esa zona si se pretende seguir viviendo. Se trata de algo que es irreversible. Si uno se queda ahí, muere lentamente.

Y ese caso me hizo reflexionar acerca del mundo de la empresa. Obviamente, en ese mundo, no todo es irreversible. ¿Hay muchos desafíos? Indudablemente los hay. Sin duda más livianos y menos riesgosos que escalar el Everest. Pero para muchos en la empresa, cambiar las cosas supone más o menos enfrentarse a la zona de la muerte y no se aventuran a intentarlo siquiera. En contra de esa forma de pensar, comparto la opinión de Stephen Hawking cuando afirma: “Incluso la gente que afirma que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, mira antes de cruzar la calle”.


Reflexión

La anterior aseveración me parece oportuna e incluso desafiante. Personalmente estoy convencido de que podemos hacer cosas que influyan en nuestro entorno de forma notable para transformarlo y, por supuesto, podemos hacer cosas que influyan a su vez en nosotros mismos y ayuden a transformar nuestra vida. La experiencia profesional me ha demostrado que eso es posible y que los Everest, salvando las distancias, son para escalarlos y marcar una diferencia.

Cambiar las cosas en el entorno empresarial es algo que esencialmente se logra en equipo, en conjunto, con la suma de talento y, ante todo, con la suma de esfuerzos. Es básico generar un entorno empresarial (cultura) en el que se promueva la generación de ideas que puedan transformar la creatividad en innovación. Ello es el comienzo necesario para intentar cambiar las cosas y hacerlo de forma positiva y sostenible.

No se trata de soñar de forma irracional y, parafraseando al maestro Juan Luis Guerra, decir que “ojalá lloviera café en el campo”. No se trata de pedir imposibles, sino de reconocer que en el pequeño o gran universo de nuestra empresa hay decenas de cosas que a menudo se piensa que son paradigmas inamovibles y resulta que, con toda probabilidad, son susceptibles de ser modificadas.

Lo que no es conveniente es pretender modificarlas sin tener en cuenta al equipo de trabajo y al conjunto de circunstancias que conforman el entorno empresarial en el que nos movemos. Querer cambiar las cosas no supone convertirse en la dos veces Premio Nobel, Marie Curie, y encerrarse en un laboratorio para descubrir algo que cambie el mundo de nuestra empresa radicalmente. En la mayoría de las actividades, encerrarse en una oficina/despacho/laboratorio para “inventar” algo que cambie las cosas no es garantía de éxito. Más bien, esa práctica es el pasaporte hacia la insatisfacción de unos y otros y a generar más problemas de los que se pretenden solucionar.Las empresas tienen un propósito y quizás el más importante es reconocer que tienen clientes a los que servir y a los que enamorar con sus productos o sus servicios.

Los clientes son ajenos a los movimientos que internamente se viven en la empresa y, ciertamente, son ajenos a prácticas de laboratorio. No sé si conocen la obra de teatro de Reginald Rose, “Twelve Angry Men”.

La obra trata de un jurado que quiere salir cuanto antes de una decisión complicada e incómoda. Condenar culpable o inocente de la muerte de su padre a un muchacho. Doce jurados que, encerrados en una sala, se convierten en un espejo que refleja de manera asombrosa cómo pretendemos a veces solucionar las cosas sin pensar en el impacto de nuestras decisiones sobre otros, pero asumiendo que hacemos lo que corresponde.

Y precisamente hace muy poco tiempo pude ser testigo de una “práctica de laboratorio” en la que una decisión elaborada por un equipo poco competente y que a todas luces está aislado del resto de la organización, finalizó en un desastre con muchas incomodidades y con muchos más profesionales de los que probablemente estaban en el laboratorio inicial, intentando entender qué había pasado y cómo solucionarlo.

Cometer errores que suponen desagrados para los clientes es inevitable. Lo que si hay que evitar es que esos errores sean la mejor justificación para pensar que las cosas son irreversibles y no podemos cambiarlas. “Déjalo así. No lo toques. Al fin y al cabo funcionaba como estaba”.

Nunca deje de intentarlo. Realmente podemos cambiar las cosas y siempre debemos intentar hacerlo. No se trata de encerrarse en laboratorios en los que crear alguna fórmula mágica, sino que se trata de acercarse al mundo en el que estamos participando, de hacerlo en equipo y de preocuparse (empezando por uno mismo) de que ese equipo esté adecuadamente formado para el desarrollo de los cambios que sin duda podemos protagonizar para hacer nuestra vida profesional más estimulante y la vida de los clientes más satisfactoria.


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