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Miremos más allá del crecimiento del PIB

Milton Morrison Por: Milton Morrison 0 Compartir 11 de enero, 2016

Un famoso dicho inglés dice “turnover is vanity, profit is sanity, cash is reality”, y el mismo se refiere a la ilusión que genera observar estados financieros en ciertas empresas con grandes volúmenes de ventas brutas, cuando lo importante no sólo es obtener beneficios, sino disponer de un flujo de caja de efectivo que permita hacer inversiones, mejorar las condiciones de los empleados, en fin, dinamizar la empresa misma.

Hasta cierto punto podríamos decir que algo similar ocurre con algunas estadísticas económicas, y particularmente con el Producto Interno Bruto (PIB). Es cierto que la riqueza de una nación se fundamenta en el crecimiento productivo de su economía. Y el tamaño de la economía se calcula en función del valor monetario total o lo que se ha producido en el país durante un tiempo determinado que comparado con un periodo anterior arroja un diferencial que indica si la economía ha crecido o no.

Si analizamos detenidamente el concepto del PIB nos daríamos cuenta que el mismo podría generar una percepción equivocada si lo vemos simplemente como el tamaño de la economía, y no lo observamos desde el punto de vista del valor agregado que generan las actividades económicas luego de restar los valores de los insumos intermedios, interpretados como bienes y servicios utilizados en el proceso productivo.

El más reciente informe del Banco Central indica que el Producto Bruto Interno (PIB) dominicano creció 7% durante el año 2015, lo que nos ubica como la economía de mayor crecimiento porcentual en América Latina. No obstante cabe señalar, que eso no significa que hemos generado el mayor volumen monetario entre todos los países de la región, ni atraído las mayores inversiones extranjeras, ni exportado la mayor cantidad de productos, ni mucho menos que cada dominicano se ha enriquecido en esa misma proporción.

El informe detalla que las actividades económicas que contribuyeron a ese crecimiento fueron la “construcción (18.2%), Comercio (9.1%), Intermediación Financiera (9.2%), Enseñanza (8.6%), Transporte y Almacenamiento (6.4%), Hoteles, Bares y Restaurantes (6.3%), Zonas Francas (5.8%), Salud (5.8%), Manufactura Local (5.5%) y Otros Servicios (4.1%)”, entre otras.

No todos los crecimientos económicos de los países tienen la misma estructura. Por ejemplo, China, que ha sido uno de los países que más ha crecido en las últimas décadas, ha fundamentado su crecimiento del PIB en la producción de bienes y servicios, las exportaciones, grandes inversiones extranjeras, una alta tasa de ahorro y un consumo relativamente bajo. El sector servicio no ha sido tan preponderante en el caso Chino como ha sido en el caso nuestro, donde tampoco somos fuertes en la exportación de bienes y servicios.

Está demostrado que el crecimiento económico es una condición necesaria pero no suficiente para reducir la pobreza y la desigualdad del ingreso. No obstante, para distribuir riquezas, es obvio que primero debemos generarla; pero una riqueza muy concentrada podría generar desigualdades extremas que podrían convertirse en una amenaza para la estabilidad de la misma riqueza generada. En tal sentido nos suscribimos a la afirmación del economista Ha-Joon Chang cuando plantea que “ni demasiada ni poca desigualdad son buenas. Si es excesivamente alta o excesivamente baja, la desigualdad puede obstaculizar el crecimiento económico y crear problemas sociales de distintos tipos”.

Una de las creencias más esparcidas en las últimas décadas fue aquella del efecto goteo o “trickle down effect”, la cual afirmaba que si en un país se produjera un crecimiento económico alto sostenido, llegaría un momento en que dicho crecimiento se derramaría y tocaría a los quintiles más bajos de la estructura del ingreso de la población. Es decir, que dicho crecimiento generaría más empleo, mayores ingresos para las personas y sería un estímulo importante a la demanda de bienes y servicios; y todo eso se convertiría en un reductor de las brechas de las desigualdades, y por ende, se traduciría en un mayor bienestar para la población en general. Lamentablemente, muchos diseñadores de políticas económicas y sociales fueron presa de ese razonamiento.

Las estadísticas indican que República Dominicana es uno de los países latinoamericanos cuyo PIB ha crecido más en los últimos 20 años. No obstante, en la base de datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) encontramos que el coeficiente de Gini dominicano de las últimas décadas, ha variado muy poco y refleja ser uno de los más altos de la región a pesar del crecimiento económico experimentado.

La realidad indica lo difícil que es lograr que la mayoría de la población se beneficie de la riqueza que trae consigo el crecimiento económico. No obstante, si queremos lograr una sociedad un poco más equitativa, donde los resultados del crecimiento económico respondan a un esfuerzo colectivo y de igual forma sus beneficios, tendríamos que aplicar políticas que fomenten la innovación, las exportaciones, el ahorro, la inversión extranjera, el fomento de las micro, pequeña y medianas empresas, y la estimulación al sector privado para que éste asuma el rol del gran empleador, en un país donde la tasa de ocupación ronda el 49.5% según cifras oficiales, y donde se requiere crear empleos productivos, así como elevar los salarios para que al menos cubran la canasta familiar.

De igual manera, sólo a los ciudadanos que se les creen capacidades para aprovechar el crecimiento económico podrán tener libertades y ser objeto de los beneficios del mismo, al margen de las ayudas coyunturales ni de las asistencias gubernamentales. Y por último, valdría la pena analizar el impacto de la descentralización y el reordenamiento territorial como garantes de que las provincias, municipios y sus habitantes reciban beneficios de las riquezas que poseen y producen sus territorios.

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