Hace unos años intentamos que los principales actores del ámbito de la producción y distribución de alimentos cumplieran con la Norma Dominicana 53 sobre el Etiquetado General de los Alimentos Preenvasados (Nordom 53), de la que presumimos existe una última revisión del año 2014. En efecto, en el período 2006-2009 este asunto fue tomado muy en serio por las empresas, asociaciones de comerciantes, importadores y consumidores en general. Debemos reconocer que la antigua Digenor recibió un constructivo apoyo de todos estos importantes actores.
Entre los resultantes de esta jornada, está la introducción del etiquetado complementario para los productos importados, así como la colocación de dispositivos o estaciones electrónicas en los supermercados (el mismo lector de precios con una adaptación) que presentaban a los clientes la traducción al español del etiquetado de cientos de productos (iniciativa del Supermercado La Cadena). Como resultado, un gran número de alimentos, especialmente lácteos, fueron etiquetados por primera vez desde 1977, año en que se crea el primer sistema nacional de la calidad.
En este primer intento enfrentamos todo tipo de problemas: el de la representatividad de las marcas; la discusión sobre la obligación de los productores originales del producto de invertir en etiquetas resumidas en idioma español, pero ajustadas a la norma dominicana; que productores y distribuidores invirtieran en la impresión de nuevas etiquetas y en la contratación de personal adiestrado; las dificultades relativas a la lentitud de otorgamiento del registro sanitario y el desafío que representaban las pequeñas y medianas empresas que, en general, carecen de personal capacitado, información actualizada y recursos.
Lamentablemente, ese quijotesco intento de hacer cumplir una norma que tenía unas tres décadas en el olvido, y que además pasó a ser un reglamento técnico (imperativo, de cumplimiento obligatorio), fue incomprensiblemente interrumpido a partir de 2011.
A estas alturas surge la inquietud: ¿siguen vigentes las motivaciones que impulsaron el programa de etiquetado de alimentos en aquella primera década de este siglo?
No ha pasado nada que pueda invalidar el hecho de que el etiquetado de los alimentos sigue siendo y será una prioridad de primer orden en materia de inocuidad alimentaria y nutrición, así como para evitar prácticas engañosas que pueden afectar la salud de los consumidores, potencialmente dañar la imagen de las empresas efectivamente cumplidoras.
El etiquetado -marbete, rótulo, marca, imagen u otra materia descriptiva o gráfica, que se haya escrito, impreso, estarcido, marcado en relieve o en huecograbado o adherido al envase de un alimento o a un producto alimentario- aporta la más valiosa información sobre la identidad y contenido del producto, lo mismo que orientación imprescindible relativa a su manipulación, preparación y consumo inocuo.
El aumento del comercio global con sus complejas y crecientes cadenas de suministros; las amenazas de bioterrorismo o empleo criminal de microorganismos patógenos, toxinas o sustancias dañinas contra la población; el fenómeno creciente y peligroso de la falsificación o adulteración de los alimentos, y la misma poderosa urgencia de proteger las marcas y la reputación de las empresas, son factores que hacen del etiquetado un tema crucial y de actualidad permanente para las autoridades, agentes del mercado y consumidores.
Tanto es así que la Unión Europea introdujo en 2014 el Reglamento de Información al Consumidor (RIAC) 1169/2011, el cual modifica sustancialmente la forma en que aparece la información en los alimentos para lograr una alta protección de los consumidores y una adecuada información sobre los alimentos. En particular, para proteger a las personas alérgicas o intolerantes, el RIAC obliga a declarar 14 alérgenos alimentarios utilizados como ingredientes en alimentos sin envasar, que se envasan en el punto de venta o son servidos en bares, cafeterías y restaurantes.









